El proyecto que nos enseñó a poner límites como agencia
By Alfredo Navas Fernandini

Hay proyectos que marcan un antes y un después. No porque salgan perfectos, sino porque te obligan a replantearte cómo trabajás, qué aceptás y hasta dónde estás dispuesto a llegar. Este fue uno de esos proyectos para nosotros en ElPuas Digital Crafts.
No vamos a mencionar nombres, porque esto no es para señalar a nadie. Es para compartir lo que vivimos como agencia en nuestros primeros años y ojalá ayudar a otros que están empezando y pueden caer en el mismo error.
Un proyecto sencillo en papel, y totalmente viable
Todo inició bien. La empresa quería digitalizar un proceso que todavía hacían en papel: que los usuarios pudieran registrarse en el sitio, crear su perfil, llenar su información y evitar tener que ir físicamente a las oficinas. Algo totalmente posible y que hemos hecho muchas veces.
Entramos como white-label, subcontratados por otra agencia con la que mantenemos una muy buena relación. Se firmó el contrato, se definió el alcance, se establecieron los campos y la arquitectura. Usamos Gravity Forms, ACF y un onboarding claro para avanzar rápido sin inventar la rueda.
En teoría, era un proyecto de unos cuatro meses. Directo, claro y con entregables bien definidos.
El punto donde todo se torció
En medio del desarrollo, surgió un conflicto interno dentro del cliente final. Cambió personal, cambiaron procesos y básicamente todo lo que estaba aprobado dejó de estarlo. Es el tipo de giro que destruye cualquier planificación.
Y siendo honestos, aquí es donde debimos haber frenado. Pero la realidad es que estábamos iniciando como agencia y teníamos ese hambre típica de los primeros años: querés trabajar, querés demostrar, querés crecer, querés cobrar. Entonces seguimos. Y ese fue el error.
Lo que era un proyecto de cuatro meses se alargó a tres años. Ya el presupuesto original no valía nada. Y aun así, seguimos adelante por responsabilidad, por orgullo profesional y porque uno quiere terminar lo que empieza.
El detalle que más nos sorprendió: nadie probó nada
Esto fue lo que realmente nos impactó. Durante todo ese tiempo, el cliente final no mostró interés en probar la plataforma. No hubo involucramiento de IT, no hubo testers, no hubo validación del flujo. Nosotros hicimos todas las pruebas internas porque simplemente no había nadie del lado de ellos.
Y lo más increíble: al final del proyecto, cuando todo estaba armado, aparece por primera vez la persona encargada y empieza a señalar detalles que nunca se revisaron, porque nunca se habían sentado a ver el sistema.
Todo lo que se escaló, todo lo que se ajustó, todos los cambios extras… todo ocurrió sin validación real. Y eso convierte cualquier proyecto en una trampa infinita.
La relación con la agencia subcontratante quedó intacta
A pesar de todo, la agencia que nos subcontrató siempre estuvo de nuestro lado. Vieron el trabajo, la entrega y la responsabilidad. Eso fue lo que salvó esa relación y por eso seguimos trabajando juntos en otros proyectos.
El problema nunca fue la comunicación entre agencias. El problema fue la falta total de interés del cliente final en su propio producto.
La lección que nos dejó este proyecto
Este proyecto pudo haber sido hermoso. Tenía todo para funcionar. Pero sin participación activa del cliente, ningún sistema sobrevive. La tecnología no falla sola, lo que falla es la falta de testers, de responsables, de procesos internos y de validación.
La lección más grande para nosotros fue clara: hay que saber decir que no. Especialmente cuando el cliente no muestra compromiso con su propio producto. Por más jugoso que parezca el contrato, por más que uno esté empezando, si no hay involucramiento real, el proyecto se convierte en una pérdida de tiempo, energía y dinero.
Hoy, con más experiencia, entendemos que cuando un cliente cambia procesos, estructura o prioridades, el proyecto debe pausarse. Se renegocia, se cotiza de nuevo y se reinicia con claridad. Seguir adelante “porque ya estamos aquí” es la receta para perder tres años y aprenderlo por las malas.